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La máquina de coser es un objeto cotidiano que forma parte de nuestra memoria colectiva. Consolidada a medianos del s. XIX, constituye uno de los avances tecnológicos generados por la Revolución Industrial de más amplia repercusión en la economía, en la vida social y en la transformación de las costumbres de la sociedad contemporanea.

La primera función básica en un inicio era la confección del vestuario familiar, pero pronto las amas de casa se convierten en modistas y comienzan a generar unos ingresos extras en la economía familiar. Esta ayuda en España y en Cataluña fue una constante durante el periode de 1870 hasta finales de la década de los 80 del siglo XX.

Este nuevo objeto mecánico completa su función en el seno de las famílias con la proliferación de miles de establecimientos dedicados a la confección. Eran los primeros pasos del "Prêt à Porter", fenómeno que impulsó el crecimiento de la industria téxtil.

La sencilla máquina de coser transformó la fisonomía de las ciudades: pequeñas tiendas de confección vendían sus propios diseños, ya fueran inspirados por las figuras de la alta costura o por la imaginación de la modista. Se hace difícil concebir la sociedad actual sin las grandes superficies dedicadas a la venda de la moda, las calles céntricas de las urbes se convierten en espacios donde los aparadores de las tiendas de roba son un claro reflejo de la sociedad de consumo.

Aún hoy en día las viejas máquinas de coser comparten un espacio importante dentro de nuestras casas. Máquinas utilizadas por nuestras madres y abuelas confeccionando todo tipo de indumentaria familiar, aún estan presentes, en un rincón de la sala de estar o haciendo compañía a la abuela. Hubo un tiempor en que la abuela cosía la bata del colegio y escuchaba la radionovela de Sautier Casseca. así pasó la juventud. Eran tiempos de silencio y de dictadura. Pocos años después con los primeros pasos de la democrácia el abuelo perdió el trabajo y ella, la abuela, se vio obligada a coser por alguno de los centenares de talleres que había en la ciudad: fue entonces cuando su espalda se encorbó y los ojos comenzaron a necesitar la graduación de unas gafas para poder coser, pero, gracias a su trabajo, en casa nunca faltó un plato en la mesa.

Hoy la máquina de coser guarda en su memoria de hierro las cicatrices de unos años que ya pasaron. Por eso creemos que una exposición sobre la máquina de coser tiene que contemplar esta pequeña historia de la vida cotidiana que hizo cambiar la fisonomía de nuestras ciudades, pero, sobretodo, intentar reflejar aquel recuerdo que conservamos de la máuqina de coser de nuestras abuelas y madres, aquel objeto que forma parte ya de nuestro paisaje íntimo, privado y esencial.



 
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