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Mignon, otra forma de escribir a máquina

Del 14 de diciembre de 2007 al 2 de marzo de 2008

Horario: Martes-Viernes, de 10.00 a 19.00h; sábado de 10.00 a 13.00 horas y de 16.00 a 19.00h horas; domingo de 11.00h a 14.00h; lunes cerrado.
Lugar: Museo de la Técnica de l'Empordà (c/Fossos, 12. Figueras).
Entrada:  gratuita.
Visitas guiadas y grupos escolares con reserva previa


En un tiempo en que la vida útil de los objetos que sirven para -teoricamente- hacernos la vida confortable es cada vez más breve, es difícil entender como una máquina de escribir estuvo cerca de treinta años en el mercado. Aún lo es más si esta máquina, de aspecto frágil y de belleza aparentemente poco útil no tiene teclado. Este aparato tiene nombre francés y neuronas alemanas. Es la Mignon, la más representativa de las máquinas de escribir sin teclado. En su DNI const que la fabricó la empresa Allgemeine Electrizitäs Gesellschaft, conocida popularmente como AEG de 1904 a 1934  que se produjeron cerca de 380.000 unidades.
Cuando alguien ve por primera vez la máquina siempre pregunta lo mismo: ¿pero esto, qué es? Ciertamente, podría ser cualquier objeto mecánico de dudosa utilidad digno de los delirios del profesor Franz de Copenhague. A priori cuesta creer que sea una máquina de escribir porque en el imaginario colectivo la máquina de escribir tiene teclado. Es una Hispano Olivetti, es una Underwood. Es la máquina que se utilizaba ahora hace unos cuantos años cuando el ordenador era tan solo un objeto extraño con el cual se podía jugar a los marcianitos, es el trasto que tienen los padres y los abuelos guardado en las golfas y que no tiran por que les trae buenos recuerdos de juventud. En algunos casos, en el de las generaciones más jóvenes, la máquina de escribir simplemente no es, porque ni la han visto ni la han hecho servir nunca. La Mignon no se parece en nada a una máquina de escribir convencional pero, a pesar de todo, fue todo un hit de la época, de su época.
Su funcionamiento es, una vez lo analizamos con detenimiento, de una simplicidad pasmosa. Con la mano izquierda seleccionamos con un punzón la letra que queremos escribir y con la derecha apretamos una tecla para imprimirla. Con práctica y conociendo la disposición de los caracteres de la plantilla donde se seleccionaban se podían llegar a hacer más de 130 pulsaciones por minuto. No era un F-1 de las máquinas de escribir pero tampoco una tortuguita. Para que nos hagamos una idea: en las escuelas de mecanografía, las de toda la vida, las que enseñan a memorizar el teclado QWERTY, el curso estándar da 250-300 pulsaciones por minuto. Evidentemente en el mejor de los casos, cuando haces el ejercicio final, porque a la práctica seguramente son unas cuantas menos.
Para comprender el éxito que tuvo esta máquina hace falta necesariamente contextuarizarla en su tiempo. Luego todas las piezas encajan. La mirada contemporánea sirve de bien poco en este caso. Sumergiéndonos en el pasado encontramos todas las respuestas. Una de las principales revistas de divulgación científica de Francia, La Nature, daba cuenta, el año 1908, de una nueva máquina de escribir, la Mignon. El articulo comenzaba así: "La utilización de las máquinas de escribir se ha extendido tanto hoy en día que hasta encontramos máquinas en las casas particulares (...)".
La escritura a máquina no era, en absoluto, una práctica habitual más allá del mundo de las oficinas. De hecho, enviar una carta mecanografiada era un signo de modernidad y prestigio. El problema erq ue no todos los bolsillos podían permitirse hacer frente al gasto que suponía comprar una máquina. En este contexto la Mignon se concibió como un aparato para uso doméstico, con un precio muy ajustado, una mecánica fácil de producir y que necesitaba pocas reparaciones, y unas limitaciones de velocidad que eran compensadas por su capacidad de cambiar los tipos. Su público potencial -particulares y profesionaels liberales- no necesitaba una máquina que maximizara la velocidad, como era el caso de las oficinas, y al mismo tiempor podía valorar otros aspectos como la capacidad de incluir en un mismo documento texto en cursiva, en diferentes tamaños o múltiples fuentes.
La Mignon es también el orígen del coleccionismo de máquinas de escribir. Su particular diseño junto con su aire pintoresco despertó el interés de los primeros coleccionistas de este aparato una vez dejó de ser un objeto funcional. El Museo de la Técnica del Empordà es un buen exponente de ello. La colección Padrosa-Pierre tiene uno de los fondos más extensos de este tipo de máquinas y, hasta el 2 de marzo, todo el mundo que quiera tiene la oportunidad de descubrir la historia de esta pequeña joya.

 
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